12/13/2018
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Confesiones de un músico

Uno de los recuerdos más indelebles que guardo en lo más hondo de mi ser está ligado a una sinfonía no muy conocida, o que al menos no es ejecutada con la frecuencia que en

Recuerdos

Uno de los recuerdos más indelebles que guardo en lo más hondo de mi ser está ligado a una sinfonía no muy conocida, o que al menos no es ejecutada con la frecuencia que en mi opinión se merece, perteneciente a Franz Schubert: la Sinfonía N° 4 en Do menor, la cual lleva como nombre “Trágica”. Fue esta obra la que significó para mí la primera experiencia en una orquesta sinfónica, con una obra de este tipo.

Recuerdo que cuando repartieron las partes me tocó de pura casualidad, y no por merito propio, ser parte de la fila de primeros violines, lo cual me puso muy contento ya que sentía que el solo hecho de ser parte de esa fila me hacia mejor músico. Pero la alegría fue mutando en tortura cuando tuve que empezar a lidiar con los problemas técnicos e interpretativos que plantea la obra, la cual está llena de cambios de tempo, ritmo, golpes de arco, alteraciones accidentales aquí y allá, en fin, mi cerebro hacia un esfuerzo monumental por tratar de digerir todo el material que tenía que estudiar.

Lo peor del caso es que como sucede muy a menudo con las cosas sublimes, genuinas y hermosas, y a pesar de esas dificultades que mencioné, es una obra bellísima, de un lirismo y una poesía conmovedora, fruto del genio creador del gran Schubert, que al momento de componer esta sinfonía tenía apenas dieciséis años (si, leyeron bien).

Con respecto al eje central de todo esto que es el recuerdo de un momento en particular que quiero compartir con ustedes, soy de la idea de que muchas de las cosas que se nos graban para siempre en la memoria están ligadas a momentos muy intensos de nuestras vidas, ya sea que estos estén signados por la alegría o por la tristeza.

En mi caso y como se imaginaran por el nombre de la obra, esta se encuentra ligada a un momento sin dudas trágico de mi vida, plagado de enormes y vertiginosos cambios; perdidas, despedidas y decepciones; y el ser parte de la ejecución de esta obra fue sin dudas un momento donde el arte tuvo para mí un efecto catártico, ya que llegó después de una gran tormenta emocional, como broche y punto final de una etapa donde mi alma se hallaba a flor de piel, ya que en unos pocos meses conocí el desengaño, la frustración, la fuerza de la vida y la implacabilidad de la muerte.

¿Cuál fue el momento cumbre de todo esto?

En una noche de tenue lluvia, con un teatro lleno,  una orquesta expectante observa infinitamente la batuta del director, a la espera del ademan que desate los sonidos. Estalla el acorde de Do menor, seguido del lánguido canto de las cuerdas, como quien llora al ser alcanzado por la tragedia misma. Agitación, el lamento deviene en un grito desenfrenado. Segunda parte, lirismo, un canto inocente y melancólico de lo que ya no será, reaparece la tragedia, vistiendo nuevas ropas, para luego ceder nuevamente su lugar a la nostalgia. Un laberíntico minué nos da respiro antes del llanto final, donde aceptaremos los hechos, donde quedaremos enfrentados a nuestra pobre y limitada condición humana. Cantan los violonchelos, un grupo de violines corre marcando el paso del canto final de los otros, y en eso… interviene lo sobrenatural… ¡Un trueno!, un maravilloso y musical grito del cielo irrumpe en la sinfonía, sumando el cielo a lo que estábamos haciendo desde la tierra. En tiempo, afinado, como si ese día Dios mismo hubiera decidido agregar un elemento más a lo que parecía ya definitivo… Estremecimiento general, con nuestro director a la cabeza, todos los músicos mirando hacia el techo del teatro, maravillados, extasiados, aturdidos por algo que definitivamente no puede haber sido casual.

¿Puede haber sobre esta tierra alguien incapaz de conmoverse al ser parte de algo así? ¿Podrán los años y el inexorable paso del tiempo borrar esto de mi memoria?

Ojalá que Dios nunca deje de improvisar en medio de una sinfonía.

Hasta la próxima.

Diego Humberto Mantuani

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